lunes, 9 de febrero de 2009

A las ocho y veintinueve

Anoche compré una caja grande de bombones. Esta mañana, a las 7:45, saqué la apetecible caja roja de la nevera para llevarla al curro por ser mi cumpleaños.
La miraba en el ascensor pensando que quedaría fatal que la abriese y me comiera alguno de esos irresistibles bombones. Con lo que endulzarían mi camino...
Entonces me acordé de que no a todos mis compañeros les gusta el dulce, y me puse a buscar alguna panadería para comprar algó salado para ellos. Pero a esa hora estaba todo cerrado, salvo los quioscos.
Hasta las 8:00 no comienza la vida en mi barrio, ni siquiera en el Opencor donde compré los bombones la noche anterior. Sólo bajo tierra, en el metro, o dentro de los autobuses, con la sensación de estar seudoenterrado también, parece ser todo igual a cualquier hora. Bueno, las paradas de autobuses también son pequeños oasis donde se concentra la vida pasa el tiempo, aunque tarde en venir el ansiado bus, y el único movimiento perceptible sea el de las muñecas para mostrar la hora, o el de un pie nervioso golpeando el suelo, como si llamara en código morse a un conductor de autobús con extrema urgencia.
Ya eran las 8:00. Ya no llegaría puntual a la reunión si cogía el transporte público, así que cogí un taxi. Más tranquila, sabiendo que ya podría llegar a tiempo y que a esas horas todavía no había demasiado tráfico, he podido disfrutar de los primeros momentos de mis 29 años. Sin prisas, y contemplando como se iba despertando la ciudad y cómo iba cumpliendo un día más.
A las 8 y 29 entré por la puerta con la caja de bombones y tardé un minuto en abrirla.