

Ahora es uno de los lugares más amplios y concurridos de la ciudad, donde el sol tiene espacio suficiente para expandirse y calentar, y descansar, como las personas que se paran en ella, huyendo de las estrechas y empinadas calles.

Subiendo esas calles está el Mercado de las Brujas, que abarca varias calles, donde se pueden encontrar pequeños puestos y tiendas donde mujeres aymaras venden toda clase de amuletos, hojas de coca, plantas medicinales, incienso para el ahuyentar a los malos espíritus, y fetos de llama disecados para ofrecerlos en los rituales a la Pachamama (Madre Tierra).

Callejeando por ahí, llegas a la famosa calle Sagárnaga, donde el tiempo pasa a doble velocidad, y sin darte cuenta puedes pasar toda la tarde mirando objetos de artesanía, chompas (jerseys) y chamarras (chaquetas/abrigos) de lana de alpaca, instrumentos típicos como las flautas andinas, zampoñas y los charangos, y millones de pulseras, collares y anillos...vamos, una trampa de la que es difícil salir, sobre todo si como yo eres la reina del regateo.


Solíamos quedar en una esquina, ya mítica y familiar para nosotras, a una hora determinada en caso de perdernos como los niños en los supermercados. Lo único que le quitaba encanto era que él poco turismo que había se concentraba todo en esa calle...Pero merecía la pena y volvíamos hipnotizadas a ella cada vez que bajábamos a La Paz.

Otro mercado de obligada visita es el Mercado de la Rodriguez donde, una vez más, los colores y olores, y las empanadas de queso inigualables que hacía la señora Nelly, nos atrapaban.



La máxima exibición de color se puede disfrutar el 26 de julio, día de la "Entrada Universitaria", donde pequeños y mayores de todo el Departamento de La Paz se concentran en las calles principales de la ciudad para coger el mejor sitio y poder ver el desfile de bailes y trajes tradicionales (Diablada, Caporal, Morenadas, Tobas, Cuecas, Tinku...). Ese día, todos los estudiantes y docentes universitarios bailan desde las 8 de la mañana hasta las 5 o 6 de la madrugada.

Muchos de los bailarines ahorran durante todo el año para lucir ese día un traje alquilado que puede costarles el sueldo de todo un mes.





Este año la fiesta estuvo bajo la amenaza de suspenderse por culpa de la Gripe A.

Pero afortunadamente se celebró y pudimos ser testigos de un desfile de ritmos, brillos, risas, colores y trajes que contrasta con el gris de la pobreza que veíamos alrededor.




















