Él poseía ese arte. Mantenía el equilibrio sobre la cuerda, floja y fina,larga e interminable, sin esfuerzo. Mantenía también siempre los pies fríos, así que ya apenas notaba el tacto de la soga bajo sus plantas. Sólo tenía que concentrarse en mantener también fría la cabeza, levantada, mirando siempre al frente.
Sus brazos eran fuertes alas que le permitían corregir cualquier desvío que pudiera tener el peso de su cuerpo en el espacio. Siempre centrado, siempre uniforme e imperturbable ante cualquier golpe del viento.
Hasta que aperació ella. También funambulista como él. Un hormigueo recorrió su pecho y el calor se repartió por sus venas y arterias hasta hacerle sudar. No podía dejar de mirarla y de desear tocarla. Pero no podía, porque sus manos estaban ocupadas y agitadas, intentando mantener el equilibrio necesario para no caer. La caída podría ser mortal. La caída podría ser la definitiva.
El hormigueo se transformó en miedo e hizo que sus rodillas empezaran a doblarse y a perder fuera. Parecía que su cuerpo pesaba más, pero al mismo tiempo, era la primera vez que sentía que estaba flotando, que sentía que había aire y vacío bajo sus pies.
Sus pies también sudaban, y resbalaban peligrosabente, haciéndole titubear en sus movimientos y acelerando sus latidos.
Dónde estaba su equilibrio. Ahora que más lo necesitaba...le dejaba solo y sin fuerzas en el abismo más inmenso que jamás se había encontrado. Y ella se acercaba y se alejaba, con tanta seguridad...Ligera sobre la cuerda, sin tener que mover apenas sus brazos, sin despeinarse con el aire que él movía con los suyos para mentenerse derecho. Se deslizaba delicada y sonreía. Parecía feliz, aunque no sentía absolutamente nada. Andaba demasiado pendiente de su equilibrio y de su camino. No sentía la presencia de él ni el calor que este desprendía por ella.
Él luchaba contra su cuerpo y sus movimientos involuntarios, lo hacía con todas sus fuerzas y contra todas las fuerzas que le hacían tambalearse. Hasta que ya no pudo más. La miró por última vez. Y miró hacia abajo, sin poder ver el suelo que se hallaba tan lejano. Sintió vértigo. Perdió del todo su sentido de la orientación que siempre le había hecho saber dónde se encontraba y adónde tenía que dirigirse. El equilibrio era ya imposible contenerlo un segundo más. Se mareó y cayó.
Se rompió todos los huesos de su cuerpo. Nunca más podría subirse a la cuerda. Y entonces sintió un dolor que jamás había sentido. Y lloró como nunca había llorado. hasta que ya no pudo llorar más, y el dolor empezó a mitigar.
Pasó mucho tiempo. Un día pudo incorporarse; días después, levantarse. Luego empezó a caminar sobre suelo firme, pisando la delgada sombra que se proyectaba de la cuerda que quedaba a muchos metros de altura. Cojeaba y se clavaba cristales y piedras que había en el suelo. Sus pies tenían que aprender a caminar sobre esa superficie. Lo querían hacer despacio, sintiendo el suelo bajo cada dedo. Ahora andaba mirando al suelo, sin pincharse con nada, sin tropezar con ningún objeto tirado con el que se encontraba.
Hasta que se encontró con unos pies heridos frente a los suyos. Fue levantando su mirada, recorriéndola por las piernas y el cuerpo de la mujer a los que pertenecían. No, no era la mujer funambulista. Tampoco lo eran las demás personas que podía ver a su alrededor.Pero ahora podía mirar hacia arriba, hacia abajo, y girar sobre sí mismo. Podía seguir dando pasos en cualquier direción a la vez que lo contemplaba todo.
Vió a gente corriendo, saltando e incluso tumbados, retozando en el suelo, ocupando las manos en el cuerpo de sus amantes. Pero no estaba su funambulista.
Llegó a una escalera trenzada que subía hasta la cuerda de la que cayó. Subió. Esta vez cogería impulso y se tiraría conscientemente, estudiando la caída como si fuera un gato o un actor especialista... y con ella de la mano.
sábado, 31 de enero de 2009
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2 comentarios:
Plas plas plas!!
Me ha encantado, de verdad de la buena!
Gracias ;)
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